Jugar descalzo en la infancia: ¿mito o pilar para el desarrollo de los pies?
- Lulo Cardona
- 3 mar
- 2 min de lectura
Durante muchos años se ha creído que los niños deben usar zapatos todo el tiempo para proteger y “formar” adecuadamente sus pies. Sin embargo, la evidencia científica más reciente ha demostrado que jugar descalzo en la infancia no solo es seguro en ambientes controlados, sino que es un pilar fundamental para el desarrollo saludable del sistema musculoesquelético del pie.

El pie humano es una estructura extremadamente compleja. Contiene más de 26 huesos, múltiples articulaciones, músculos, ligamentos y receptores sensoriales que trabajan en conjunto para mantener el equilibrio, la estabilidad y la marcha. En los niños, estas estructuras están en pleno proceso de maduración, por lo que necesitan estímulos constantes para desarrollarse adecuadamente.
Cuando un niño camina o juega descalzo, los músculos intrínsecos del pie se activan de forma natural. Esto fortalece el arco plantar, mejora la estabilidad del tobillo y favorece una postura más equilibrada. En contraste, los zapatos excesivamente rígidos pueden limitar este trabajo muscular.
Estudios científicos han comparado niños que crecieron habitualmente descalzos con niños que usaron calzado de manera constante. Los resultados muestran que los niños que jugaron más tiempo descalzos desarrollaron pies más fuertes, mejor alineación del dedo gordo y una menor incidencia de deformidades como el hallux valgus. También presentaron mejor propiocepción, es decir, una mejor capacidad de sentir la posición del cuerpo en el espacio.
La propiocepción es vital en la infancia, ya que influye directamente en el equilibrio, la coordinación y la prevención de caídas. Los niños que juegan descalzos suelen mostrar mayor estabilidad al correr, saltar y cambiar de dirección.
Además, el contacto directo con diferentes superficies como césped, arena o suelo firme actúa como una especie de “estimulación neurológica” que favorece el desarrollo de las conexiones entre el pie y el cerebro. Esto tiene efectos positivos no solo en los pies, sino en toda la cadena muscular de las piernas y la postura general.
Sin embargo, el juego descalzo no significa ausencia total de calzado. Existen riesgos reales en ciertos entornos: objetos cortantes, superficies contaminadas, temperaturas extremas o riesgo de infecciones pueden convertir una práctica saludable en un problema. Por eso, el contexto es fundamental.
Hay situaciones específicas en las que caminar descalzo no es recomendable o debe hacerse con supervisión médica: niños con enfermedades neuromusculares, deformidades estructurales severas, antecedentes de lesiones repetitivas o problemas importantes del equilibrio.
El equilibrio ideal es permitir que los niños pasen tiempo descalzos en ambientes seguros como el hogar, jardines, césped limpio o arena, y combinarlo con el uso de calzado flexible y adecuado en exteriores o entornos de riesgo.
Este enfoque favorece un desarrollo natural del pie, fortalece la musculatura, mejora la estabilidad del tobillo y contribuye positivamente al desarrollo motor general.
Referentes científicos
Hollander K et al. Growing-up barefoot influences foot morphology. Scientific Reports.
Zech A et al. Motor skills influenced by habitual barefoot activity. Frontiers in Pediatrics.
Wang Y et al. Children’s footwear and foot development. Journal of Foot and Ankle Research.
Lieberman DE. Barefoot running and foot development. Nature.




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